El pasado domingo 5 de octubre realizamos nuestro segundo recorrido micológico dentro del Parque la Estanzuela, esta vez en colaboración con Univerde.
Sin duda, fue un recorrido lleno de muchas emociones. Tuvimos la oportunidad de conocer y convivir tanto con nuevas personas, como con nuevas especies de hongos.
Algunos de los hongos que encontramos, yo solo los había visto en fotografías, así que tenerlos frente a mí fue algo muy especial. Sentí una profunda gratitud: el bosque nos estaba permitiendo ver todo aquello que resguarda.
Mientras caminábamos por los senderos, alcanzamos a ver a lo lejos unas estructuras pequeñas, alargadas y de un color amarillo vibrante. Nos acercamos para observarlas mejor y, para nuestra sorpresa, se trataba de un Cordyceps sp. que estaba parasitando una pupa. Con la ayuda de todos pudimos confirmarlo.
Fue un instante muy significativo para mí, ya que era el primero que veía en persona desde que comencé a explorar y participar en recorridos micológicos en la región.
Unos de pasos más adelante, nos topamos con unos honguitos de un tono morado-negruzco. ¿Sorprendente, no? La naturaleza no se limita al verde. Se manifiesta en mil formas: colores, texturas, sonidos… y cada uno de esos elementos tiene algo que enseñarnos.
Uno de los momentos que más me conmovió ocurrió cuando vi a unos participantes ser conscientes del cuidado y respeto por todos los seres vivos. Uno de nuestros principios se trata justamente de eso: ser consciente de que todos los seres vivos merecen nuestro respeto, incluso aquellos organismos que a veces pasan desapercibidos.
Me emociona ver a tantas personas reunidas, compartiendo conocimientos y dejando que la curiosidad las guíe en cada paso por el bosque. Sin temor a ser juzgadas por caminar con la mirada fija en el suelo, atentas a los pequeños detalles.
Generalmente, cuando vamos a la montaña lo hacemos con la meta de llegar a la cima, ya sea por ejercicio o por la vista. Pero pocas veces nos detenemos a observar lo que sucede en su interior, ese universo silencioso y lleno de vida que habita debajo de la hojarasca.
Ahí abajo, habita el micelio, el verdadero cuerpo del hongo. Esa red de filamentos delgados y casi invisibles que se extiende por todo el bosque, conectándolo, nutriéndolo y dándole forma. Es gracias a él que los bosques son lo que son: complejos, vivos, interconectados.
Siempre que pueda seguiré invitando a mirar hacia el suelo. Porque ahí abajo ocurre una parte fundamental de la vida. Entre la hojarasca, los insectos, las arañas y tantos otros seres diminutos, se teje un universo increíble: pequeños ecosistemas que coexisten y nos recuerdan que lo esencial muchas veces no está a la vista, sino justo debajo de nuestros pies.
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